¿Presos políticos? No, gracias

Un preso político o prisionero político es cualquier persona física a la que se mantenga en la cárcel o detenida de otro modo, por ejemplo bajo arresto, porque sus ideas supongan un desafío o una amenaza para el sistema político establecido, sea este de la naturaleza que sea.

Caricatura Al Capone
Al Capone, un famoso preso, encerrado también por “sus ideas”.

Está muy en boga entre los diferentes partidos llamar “presos políticos” a los encarcelados por sus actividades delictivas, si son DE LOS SUYOS. Cuando son del contrario, ven de perlas que vayan a la cárcel.

Los casos de la oposición venezolana (encerrados algunos por alentar a los militares a golpe de estado) y de los separatistas catalanes (encerrados por violentar la constitución) son claros ejemplos. En el caso de los primeros, hubo unos que salieron a darles abrazos mientras que otros apoyaban su encarcelamiento y decían que es lamentable pero hay que respetar las leyes. En el caso de los segundos, se invierten las tornas: los abrazadores dicen que hay que cumplir la ley aunque sea triste lo de la cárcel y en cambio los independistas y sus amiguetes dicen que es una vergüenza que en España haya presos políticos.

Lo que tiene la época de posverdad.

Pablo Iglesias, principio y fin de Podemos

Según dicen las encuestas o, mejor dicho, dicen que dicen las encuestas, se desploman la expectativas de voto de Podemos, debido sobre todo al apoyo a los independistas de Cataluña. La verdad es que no me extraña.

Pablo Iglesias, Podemos, caricatura.
Pablo Iglesias, acabando con Podemos.

 

José Monerri, cronista de Cartagena

José Monerri Murcia (1928-2013): Periodista y maestro de periodistas, como tal lo reconoce el también cartagenero Arturo Pérez-Reverte. Cronista oficial de Cartagena. Tuve el honor y placer de ser amigo suyo. Echo de menos de su ironía y socarronería en el trato personal aunque luego fuese serio y circunspecto en su profesión. Mi último recuerdo de él es que en sus últimos tiempos ayudó a mi hija en un trabajo para la universidad sobre la arquitectura modernista en Cartagena.

José Monerri

Enrique el Matachín

Mi abuelo Enrique se llamaba José, mira tú.

Cuando nació, el que lo llevó a cristianar, como se hacía por aquellos tiempos oscuros, fue su padrino, que debía ser un cachondo y algo más. Cuando volvió de aquel menester dijo que, como no le gustaba José, que era lo que querían los padres, lo había inscrito como Enrique. Ya digo que sería un cachondo porque, en realidad, en los papeles lo apuntaron como José, pero ni la familia lo supo, sólo el padrino. Y en aquella época -nació en 1.880- en que casi nadie sabía leer o escribir, ni falta que les hacía para su rutinaria y mísera vida, que la imagino como la de la película Los Santos Inocentes, el caso es que fue Enrique para todo el mundo hasta que, ya mayorcito, se supo el nombre real. Pero a aquellas alturas, la costumbre había hecho que fuese Enrique y Enrique le siguieron llamando hasta el fin de sus días.

Ya adolescente o adulto, Enrique comenzó a ganarse la vida como mejor podía; y fue albañil, y panadero, y cantinero, puesto que tuvo una cantina, que era una simple barraca, en La Algameca. Y además fue matachín, una profesión que nunca dejó y que ejercició de forma intermitente y combinándola con las otras. De hecho, cuando todo el mundo tenía apodo, mi abuelo era conocido en Cartagena como “Enrique, el Matachín”. No tenía un negocio propio sino que iba “a matar” para otros (solo escribirlo me da repelús la expresión). En aquellos tiempos, en que las leyes y las condiciones sanitarias eran las que eran, las carnicerías mataban sus propios animales, criados por ellos o comprados, y hacían sus embutidos: morcillas, chorizos, morcones, blancos y demás. Como no todo el mundo tiene estómago para matar, había carnicerías que contrataban a matachines o matarifes para esa tarea. Mi abuelo era uno de ellos. Mi abuelo tenía mucho estómago. Trabajó para carcinería de la Serreta, de la calle del Duque y de la calle Jara, especialmente para una carnicería muy importante entonces, llamada “La Granja”.

Enrique el Matachín

 

Tenía tanto estómago que, cuando la ocasión así lo requirió, se saltó la ley e hizo de matutero, o sea contrabandista a pequeña escala, pasando el “matute”: fardos con aceite, alcohol, e incluso sal, recogidos en la costa para introducirlos a sus destinatarios que eran los comerciantes que así los comprarían más baratos. No era cosa baladí aquella. Había policía, claro, carabineros era como se llamaban entonces porque el arma que portaban eran carabinas, que a veces los perseguían de noche por los descampados donde hacían sus correrías, y en ocasiones a tiro limpio. Tengo varias anécdotas sobre él y sobre aquellas aventuras, unas contadas por él mismo, otras por mi padre y otra, que me la contó a mí, personalmente, un carabinero que se las vio con él y es la única que voy a narrar, como ejemplo, para que se vea que mi abuelo era un tipo duro, muy duro.

Los matuteros llevaban unos correajes o arnés a la espalda donde cargaban los sacos para portearlos, sacos muy pesados, naturalmente. A veces tenían que avanzar arrastrándose por el suelo para no ser vistos, con los sacos a la espalda, como caracoles. En una ocasión, de noche por supuesto, mi abuelo se detuvo a descansar un poco y recobrar el aliento, echando un pitillo, cuando ya había pasado la zona peligrosa controlada por los carabineros y se creía a salvo. Pero no era así. Un carabinero (el que me contó la historia a mí) lo había visto y, dando un rodeo, fue acercándose con sigilo por su espalda. Una vez allí, sin hacer ruido, levantó la carabina y disparó desde su espalda y por encima del hombro de Enrique. Aquello, en la noche, sonó como un estampido brutal y una persona normal se habría espantado, asustado, habría brincado… algo habría hecho. Pero mi abuelo, lo que hizo fue volverse tranquilamente hacia el carabinero y decirle, en tono muy cartagenero: “Joer, también eres tú delicao…”  El espantado fue el carabinero ante aquella sangre fría, como así me lo dijo. Y también me dijo que cuando lo requisó el matute también le quiso requisar el arnés, pero eso le dijo mi abuelo que no, que lo necesitaba para ir a por otro saco de aceite. Y se lo quedó. Me imagino que no era muy aconsejable entrar en discusiones con mi abuelo. Que, por cierto, siempre llevaba una navaja de dimensiones que hoy no serían legales.

Mi abuelo Enrique también tuvo algún trato con el famoso Chipé, concretamente le compró una pequeña yegua, aunque creo que eso ya lo conté en otro lugar de mi blog.

Enrique el Marachín fue un culo de mal asiento en cuanto a residencia, aunque siempre en Cartagena, eso sí. Sé que vivió en la calle del Alto, en La Algameca, donde tenía la cantina, en la calle Casado del Barrio de Peral, en la Vereda de San Félix y finalmente, de nuevo en el Barrio de Peral, en la calle de La Pajarita Interior, que fue la última etapa de su vida, en la que yo conviví con él, y donde murió finalmente, a los ochenta y tantos años. Mi abuelo, como dije anteriormente, fue un hombre muy duro. Yo no diría que fue una buena persona, no tengo motivos para pensarlo, pese a que fuese mi abuelo y a mí, como era el más pequeño de los nietos, parecía tratarme con cierta dulzura, si es que puede decirse así a tener momentos más suaves envueltos en un trato hosco y duro. Él era ya muy viejo y yo pequeño y mis recuerdos son vagos, borrosos, y en blanco y negro, claro. Recuerdo tres o cuatro cosas de mi vida con él, por ejemplo que me enseñó a leer la hora en el reloj; para ello utilizó un viejo reloj de bolsillo con cadena, que aún conservo, sin agujas y sin cristal, y sin ningún valor económico pero mucho sentimental. También recuerdo que uno de sus puntos flacos eran las piernas y las rodillas y ya de viejo le costaba andar y levantarse, por lo que cuando se sentaba en una sillita al sol luego me llamaba para que le ayudase a ponerse en pie. Y también recuerdo, eso sí vivamente, cuando enfermaba de los ojos y, para curarlos, yo le escurría medio limón en cada ojo. No cerraba los ojos cuando el jugo caía en ellos, los mantenía abiertos todo el tiempo, sin pestañear. Aquello me impresionaba y me sigue impresionando. Alguna vez, al recordarlo, he intentado hacer algo parecido y… menuda risa en cuanto me ha caído una gota dentro. Lo repito por última vez (lo prometo): mi abuelo era un tipo muy, muy, muy duro.

Mi abuelo y yo.

Yo me llamo José por él. Aunque, el muy bribón, quería me pusieran José Enrique, reuniendo su nombre y su falso nombre. Pero no, tenía otro abuelo al que rendir homenaje, Francisco, y por eso mi nombre es José Francisco.

Anecdóticamente, a mi abuelo Francisco lo llamaban Ruperto. Habría estado chocante que me hubiesen puesto Enrique Ruperto. Y en cuanto a mi otro abuelo, que no fue tan famoso como Enrique, he de decir que era lo opuesto a él; era comerciante, tendero de ultramarinos, y lo que se dice una “persona de orden”, miembro de los Hijos de María, de misa dominical etc.

Así de contradictorio he salido yo. Y creo que, si me están viendo desde alguna parte, ninguno de los dos estará muy satisfecho de mí. A Francisco no le gustarán mis ideas agnósticas, seguro. Pero el que más enfadado estará conmigo será Enrique el Matachín, porque que su nieto sea vegetariano, animalista, antitaurino… lo debe estar llevando muy mal. Pero eso es lo que hay, abu.

 

 

 

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Enrique Escudero de Castro

Enrique Escudero de Castro (1940-2001)

Periodista y político socialista. Fue el primer alcalde de Cartagena tras la restauración de la democracia, desde 1979 hasta 1983.

La mayoría de sus datos importantes están en la Wikipedia, como es habitual, por lo que no tiene objeto que los repita yo aquí. El que quiera conocer con abundancia su currículum puede consultarlo pinchando aquí.

El motivo del post en mi blog es, en primer lugar, para hacerle un reconocimiento y agradecimiento personal a su trabajo por mi ciudad. Y eso lo hago siempre con un dibujo o una caricatura. Y aquí está.

Enrique Escudero de Castro

Y en segundo lugar, puedo recoger brevemente mi relación personal con él, que no está en la Wikipedia (espero), y que se debió, no a la política, sino a la publicidad. Yo trabajaba para una agencia que era competencia de la suya pero, aún así, nuestra relación siempre fue cordial. Lo cortés no quita lo valiente, como dice el refrán.

Tengo un gran recuerdo de él, tanto como persona como alcalde. Gracias Enrique, allá donde estés.

Juan Mediano, cartagenero, escritor, poeta y amigo.

Escritor y poeta sobre todo. Y siempre con la temática de Cartagena como hilo conductor de su obra. Historiador diletante y eterno aspirante al título de Cronista de Cartagena. Su ciudad, que es la mía, creo que tiene contraída con él cierta deuda de reconocimiento de su vasta labor de difusión del nombre de Cartagena por todas las vías posibles. Lo que le llevó incluso a tener un programa de radio llamado “Desde el Pilón de los Burros” donde recogía efemérides y tradiciones de Cartagena.

Somos amigos y compañeros de trabajo desde hace mucho tiempo. Dibujé las portadas de sus primeros libros. Luego, cuando alcanzó mayor renombre y las tiradas fueron algo mayores, hubo un pintor que se ofreció a hacérselas y Juan, que sabía de mi agobio por el pluriempleo, decidió pasarle los encargos a él. Pero nuestra relación siguió siendo y es muy buena, por supuesto.

Y como hoy me apetecía dar unos brochazos, los he hecho pensando en mi amigo Juan.

Juan Mediano

Tengo muchas anécdotas con Juan Mediano pero sólo refiero siempre una en concreto porque me ha intrigado y me intriga. Me gusta llevar siempre encima varios lápices y rotuladores, por mi afición al dibujo, en el bolsillo de la camisa. Cuando los ve, sonríe y me dice “Jotaefe, pareces un lechero en día de fiesta”. No sé el origen de eso, quizás sea una frase hecha que no he oído nunca, desconozco si es un invento suyo,… no sé nada. Pero por más que le pregunte, se limita a sonreír y poner cara pícara sin aclararme nada. Creo que me moriré con las ganas de saber por qué parezco un lechero en día de fiesta.

Y volviendo a Juan, la lista de sus libros es larga, soy incapaz de recordarlos todos. Los hay de poesía, de historia, tradiciones, etc.   Aquí van algunos de los que me acuerdo:

“Colores de mi paleta”, “Cartageneros”, “Cartageneros 2”, “Cartageneros 3”,  “Paisajes de Cartagena” “Perfiles cartageneros” “Concierto íntimo”, “Cartagena del alma”, “Gaviota” “Poemas del barrio de Santa Lucía”. “Cuentos de mi tierra”, “Cuentos de Cartagena”, “Érase un molino maquilero”, “Cosicas de Cartagena”, “Cartagena, querida Cartagena”, “Cartagena insólita”, “Cartagena en el aire”, “Cartagena Siglo XX”, etc.

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Juego de Tronos: Pepe López Targaryen

Esta historia, cuyo parecido con una serie de televisión no es pura coincidencia, sino que es a cosica hecha (o a casico hecho) se desarrolla en un mundo medio ficticio de carácter medieval donde hay varios reinos. También aquí hay varias líneas argumentales: la guerra política por el control de Levante (una provincia perdida años atrás) entre varias familias nobles (o innobles) que aspiran al Trono de Crespillo, mucho más apetecible que el de Hierro, mirusté.

Por otra parte, la creciente amenaza de los Caminantes Azules, seres que viven al otro lado de un muro (La Cadena) que protege a Levante de las Tierras Salvajes, pero la protección es deficiente y cada vez pierden más riquezas.

Está además el viaje político de Pepe López Targaryen, descendiente ideológico lejano del rey Antonete Targaryen, derrotado en una antigua guerra. Pepe alza la voz para reclamar derechos perdidos, y consigue el trono de uno de los Reinos; el de Las Tierras de la Doble Corona Mural, con capital en Desembarco del Alcalde, aunque ese trono es gracias a la alianza con otra casa, los Lannister, cuyo lema es que No Pagan Ni Quemaos.

Tras un largo invierno de dos años, el temible verano llega a los Siete Reinos. Estando Pepe de vacaciones en Estivalia, aprovecha Ana Belén Lannister para destronarlo, lo que pone muy contentos a los Caminantes Azules y otras casas no reinantes, que se la tienen jurada al Targaryen.

Ahora, al finalizar esta temporada, Septiembre 2017, Pepe ha perdido el poder, pero no está derrotado. Además de una legión de incondicionales conocidos como Caviters que van creciendo día a día, tiene otra arma poderosa. Ha conseguido despertar al dragón que sólo estaba dormido aunque algunos querían creer muerto: el sentimiento de los Siete Reinos Unidos: la Provincia.

¿Qué nos deparará la próxima temporada, en Mayo de 2019? Además de una maraña de emboscadas, pactos, intrigas y nuevas traiciones (además de las tradicionales salidas de patas de banco del Targaryen, claro) veremos un duelo apasionantes por recuperar el trono de Desembarco del Alcalde e incluso, quizás, dar los primeros pasos para la unión de los Siete Reinos: la provincia de Levante.

¿Dónde se meterán los que ahora lo han traicionado, cuando él diga “Dracarys”?

Pepe López, exalcalde de Cartagena

Hacía tiempo que no dibujaba en plan aquítepilloaquítemato y hoy me he quitado el capricho. Una cuartilla suelta, un rotulador medio averiado, un medio panfleto / medio tabloide leído… y a otra cosa.

Pepe López, ya no es alcalde de Cartagena. Y se nota.

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Banderazo de salida

La nueva alcaldesa de Cartagena, Ana Belén Castejón, lo primero que ha hecho al tomar posesión de su cargo ha sido retirar la bandera de la provincia marítima de Cartagena. En Murcia deben estar contentos, en Cartagena no tanto.

Ana Belén Castejón - caricatura
La mujer que no amaba algunas banderas

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Prohibida la compasión y la piedad.

La casta es la división por estratos de la sociedad, según estableció el hinduísmo en la India. Son cuatro las castas: los religiosos, los militares, los comerciantes y los trabajadores. Dicho así, de más importantes a menos. Y están, claro, los descastados, los intocables, que no son los de Elliot Ness, sino los que están fuera del sistema, los que viven en la miseria y no tienen derecho a nada, resumiendo mal, pero rápido, que es lo que cuenta en estos días.

Aquí también tenemos nuestras castas y se corresponden, más o menos, con las hindúes, aunque el orden de importancia esté algo cambiado. Aquí es la de los comerciantes o empresarios -los grandes, se entiende- la que domina a las demás y la que les dice lo que han de hacer. Otra casta, la de los políticos, hablando también en general y con sus excepciones, es la que legisla y dice (no decide, que eso ya lo hacen otros, repito: dice) lo que está bien y lo que está mal.

Hoy, Francisco de Asís, sería multado en Galicia.

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