Yes, MC can

Pepe López, en periodo entre alcaldías (2018), es el enemigo a batir por los partidos que tienen sus jefes lejos de Cartagena.

Pepe López, Movimiento Ciudadano de Cartagena

Pero, al igual que Obama transmitió esperanza a muchos norteamericanos con su eslogan “Yes, we can”, en la campaña de 2008, MC (Movimiento Ciudadano de Cartagena) también puede devolvérsela a muchos cartageneros hartos de que nos tomen el pelo desde el otro lado del Puerto de la Cadena.

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José Monerri, cronista de Cartagena

José Monerri Murcia (1928-2013): Periodista y maestro de periodistas, como tal lo reconoce el también cartagenero Arturo Pérez-Reverte. Cronista oficial de Cartagena. Tuve el honor y placer de ser amigo suyo. Echo de menos de su ironía y socarronería en el trato personal aunque luego fuese serio y circunspecto en su profesión. Mi último recuerdo de él es que en sus últimos tiempos ayudó a mi hija en un trabajo para la universidad sobre la arquitectura modernista en Cartagena.

José Monerri

Enrique el Matachín

Mi abuelo Enrique se llamaba José, mira tú.

Cuando nació, el que lo llevó a cristianar, como se hacía por aquellos tiempos oscuros, fue su padrino, que debía ser un cachondo y algo más. Cuando volvió de aquel menester dijo que, como no le gustaba José, que era lo que querían los padres, lo había inscrito como Enrique. Ya digo que sería un cachondo porque, en realidad, en los papeles lo apuntaron como José, pero ni la familia lo supo, sólo el padrino. Y en aquella época -nació en 1.880- en que casi nadie sabía leer o escribir, ni falta que les hacía para su rutinaria y mísera vida, que la imagino como la de la película Los Santos Inocentes, el caso es que fue Enrique para todo el mundo hasta que, ya mayorcito, se supo el nombre real. Pero a aquellas alturas, la costumbre había hecho que fuese Enrique y Enrique le siguieron llamando hasta el fin de sus días.

Ya adolescente o adulto, Enrique comenzó a ganarse la vida como mejor podía; y fue albañil, y panadero, y cantinero, puesto que tuvo una cantina, que era una simple barraca, en La Algameca. Y además fue matachín, una profesión que nunca dejó y que ejercició de forma intermitente y combinándola con las otras. De hecho, cuando todo el mundo tenía apodo, mi abuelo era conocido en Cartagena como “Enrique, el Matachín”. No tenía un negocio propio sino que iba “a matar” para otros (solo escribirlo me da repelús la expresión). En aquellos tiempos, en que las leyes y las condiciones sanitarias eran las que eran, las carnicerías mataban sus propios animales, criados por ellos o comprados, y hacían sus embutidos: morcillas, chorizos, morcones, blancos y demás. Como no todo el mundo tiene estómago para matar, había carnicerías que contrataban a matachines o matarifes para esa tarea. Mi abuelo era uno de ellos. Mi abuelo tenía mucho estómago. Trabajó para carcinería de la Serreta, de la calle del Duque y de la calle Jara, especialmente para una carnicería muy importante entonces, llamada “La Granja”.

Enrique el Matachín

 

Tenía tanto estómago que, cuando la ocasión así lo requirió, se saltó la ley e hizo de matutero, o sea contrabandista a pequeña escala, pasando el “matute”: fardos con aceite, alcohol, e incluso sal, recogidos en la costa para introducirlos a sus destinatarios que eran los comerciantes que así los comprarían más baratos. No era cosa baladí aquella. Había policía, claro, carabineros era como se llamaban entonces porque el arma que portaban eran carabinas, que a veces los perseguían de noche por los descampados donde hacían sus correrías, y en ocasiones a tiro limpio. Tengo varias anécdotas sobre él y sobre aquellas aventuras, unas contadas por él mismo, otras por mi padre y otra, que me la contó a mí, personalmente, un carabinero que se las vio con él y es la única que voy a narrar, como ejemplo, para que se vea que mi abuelo era un tipo duro, muy duro.

Los matuteros llevaban unos correajes o arnés a la espalda donde cargaban los sacos para portearlos, sacos muy pesados, naturalmente. A veces tenían que avanzar arrastrándose por el suelo para no ser vistos, con los sacos a la espalda, como caracoles. En una ocasión, de noche por supuesto, mi abuelo se detuvo a descansar un poco y recobrar el aliento, echando un pitillo, cuando ya había pasado la zona peligrosa controlada por los carabineros y se creía a salvo. Pero no era así. Un carabinero (el que me contó la historia a mí) lo había visto y, dando un rodeo, fue acercándose con sigilo por su espalda. Una vez allí, sin hacer ruido, levantó la carabina y disparó desde su espalda y por encima del hombro de Enrique. Aquello, en la noche, sonó como un estampido brutal y una persona normal se habría espantado, asustado, habría brincado… algo habría hecho. Pero mi abuelo, lo que hizo fue volverse tranquilamente hacia el carabinero y decirle, en tono muy cartagenero: “Joer, también eres tú delicao…”  El espantado fue el carabinero ante aquella sangre fría, como así me lo dijo. Y también me dijo que cuando lo requisó el matute también le quiso requisar el arnés, pero eso le dijo mi abuelo que no, que lo necesitaba para ir a por otro saco de aceite. Y se lo quedó. Me imagino que no era muy aconsejable entrar en discusiones con mi abuelo. Que, por cierto, siempre llevaba una navaja de dimensiones que hoy no serían legales.

Mi abuelo Enrique también tuvo algún trato con el famoso Chipé, concretamente le compró una pequeña yegua, aunque creo que eso ya lo conté en otro lugar de mi blog.

Enrique el Marachín fue un culo de mal asiento en cuanto a residencia, aunque siempre en Cartagena, eso sí. Sé que vivió en la calle del Alto, en La Algameca, donde tenía la cantina, en la calle Casado del Barrio de Peral, en la Vereda de San Félix y finalmente, de nuevo en el Barrio de Peral, en la calle de La Pajarita Interior, que fue la última etapa de su vida, en la que yo conviví con él, y donde murió finalmente, a los ochenta y tantos años. Mi abuelo, como dije anteriormente, fue un hombre muy duro. Yo no diría que fue una buena persona, no tengo motivos para pensarlo, pese a que fuese mi abuelo y a mí, como era el más pequeño de los nietos, parecía tratarme con cierta dulzura, si es que puede decirse así a tener momentos más suaves envueltos en un trato hosco y duro. Él era ya muy viejo y yo pequeño y mis recuerdos son vagos, borrosos, y en blanco y negro, claro. Recuerdo tres o cuatro cosas de mi vida con él, por ejemplo que me enseñó a leer la hora en el reloj; para ello utilizó un viejo reloj de bolsillo con cadena, que aún conservo, sin agujas y sin cristal, y sin ningún valor económico pero mucho sentimental. También recuerdo que uno de sus puntos flacos eran las piernas y las rodillas y ya de viejo le costaba andar y levantarse, por lo que cuando se sentaba en una sillita al sol luego me llamaba para que le ayudase a ponerse en pie. Y también recuerdo, eso sí vivamente, cuando enfermaba de los ojos y, para curarlos, yo le escurría medio limón en cada ojo. No cerraba los ojos cuando el jugo caía en ellos, los mantenía abiertos todo el tiempo, sin pestañear. Aquello me impresionaba y me sigue impresionando. Alguna vez, al recordarlo, he intentado hacer algo parecido y… menuda risa en cuanto me ha caído una gota dentro. Lo repito por última vez (lo prometo): mi abuelo era un tipo muy, muy, muy duro.

Mi abuelo y yo.

Yo me llamo José por él. Aunque, el muy bribón, quería me pusieran José Enrique, reuniendo su nombre y su falso nombre. Pero no, tenía otro abuelo al que rendir homenaje, Francisco, y por eso mi nombre es José Francisco.

Anecdóticamente, a mi abuelo Francisco lo llamaban Ruperto. Habría estado chocante que me hubiesen puesto Enrique Ruperto. Y en cuanto a mi otro abuelo, que no fue tan famoso como Enrique, he de decir que era lo opuesto a él; era comerciante, tendero de ultramarinos, y lo que se dice una “persona de orden”, miembro de los Hijos de María, de misa dominical etc.

Así de contradictorio he salido yo. Y creo que, si me están viendo desde alguna parte, ninguno de los dos estará muy satisfecho de mí. A Francisco no le gustarán mis ideas agnósticas, seguro. Pero el que más enfadado estará conmigo será Enrique el Matachín, porque que su nieto sea vegetariano, animalista, antitaurino… lo debe estar llevando muy mal. Pero eso es lo que hay, abu.

 

 

 

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Enrique Escudero de Castro

Enrique Escudero de Castro (1940-2001)

Periodista y político socialista. Fue el primer alcalde de Cartagena tras la restauración de la democracia, desde 1979 hasta 1983.

La mayoría de sus datos importantes están en la Wikipedia, como es habitual, por lo que no tiene objeto que los repita yo aquí. El que quiera conocer con abundancia su currículum puede consultarlo pinchando aquí.

El motivo del post en mi blog es, en primer lugar, para hacerle un reconocimiento y agradecimiento personal a su trabajo por mi ciudad. Y eso lo hago siempre con un dibujo o una caricatura. Y aquí está.

Enrique Escudero de Castro

Y en segundo lugar, puedo recoger brevemente mi relación personal con él, que no está en la Wikipedia (espero), y que se debió, no a la política, sino a la publicidad. Yo trabajaba para una agencia que era competencia de la suya pero, aún así, nuestra relación siempre fue cordial. Lo cortés no quita lo valiente, como dice el refrán.

Tengo un gran recuerdo de él, tanto como persona como alcalde. Gracias Enrique, allá donde estés.

Juan Mediano, cartagenero, escritor, poeta y amigo.

Escritor y poeta sobre todo. Y siempre con la temática de Cartagena como hilo conductor de su obra. Historiador diletante y eterno aspirante al título de Cronista de Cartagena. Su ciudad, que es la mía, creo que tiene contraída con él cierta deuda de reconocimiento de su vasta labor de difusión del nombre de Cartagena por todas las vías posibles. Lo que le llevó incluso a tener un programa de radio llamado “Desde el Pilón de los Burros” donde recogía efemérides y tradiciones de Cartagena.

Somos amigos y compañeros de trabajo desde hace mucho tiempo. Dibujé las portadas de sus primeros libros. Luego, cuando alcanzó mayor renombre y las tiradas fueron algo mayores, hubo un pintor que se ofreció a hacérselas y Juan, que sabía de mi agobio por el pluriempleo, decidió pasarle los encargos a él. Pero nuestra relación siguió siendo y es muy buena, por supuesto.

Y como hoy me apetecía dar unos brochazos, los he hecho pensando en mi amigo Juan.

Juan Mediano

Tengo muchas anécdotas con Juan Mediano pero sólo refiero siempre una en concreto porque me ha intrigado y me intriga. Me gusta llevar siempre encima varios lápices y rotuladores, por mi afición al dibujo, en el bolsillo de la camisa. Cuando los ve, sonríe y me dice “Jotaefe, pareces un lechero en día de fiesta”. No sé el origen de eso, quizás sea una frase hecha que no he oído nunca, desconozco si es un invento suyo,… no sé nada. Pero por más que le pregunte, se limita a sonreír y poner cara pícara sin aclararme nada. Creo que me moriré con las ganas de saber por qué parezco un lechero en día de fiesta.

Y volviendo a Juan, la lista de sus libros es larga, soy incapaz de recordarlos todos. Los hay de poesía, de historia, tradiciones, etc.   Aquí van algunos de los que me acuerdo:

“Colores de mi paleta”, “Cartageneros”, “Cartageneros 2”, “Cartageneros 3”,  “Paisajes de Cartagena” “Perfiles cartageneros” “Concierto íntimo”, “Cartagena del alma”, “Gaviota” “Poemas del barrio de Santa Lucía”. “Cuentos de mi tierra”, “Cuentos de Cartagena”, “Érase un molino maquilero”, “Cosicas de Cartagena”, “Cartagena, querida Cartagena”, “Cartagena insólita”, “Cartagena en el aire”, “Cartagena Siglo XX”, etc.

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Gente de Cartagena: La Amalia

La Amalia fue una pitonisa y hechicera famosa en la Cartagena de hace años. Vivía en la Algameca Chica y se sentaba a veces a ver la mar desde una roca que terminó por hacerse famosa. Hoy todavía se la conoce por “el banco de la Amalia“.

El Chipé, el matón de Cartagena por excelencia.

Vas a morir arrastrao, como El Chipé” o “Te has de ver como el Chipé” es una frase recurrente en Cartagena, para advertir a alguien de que se conduce por mal camino. Pero El Chipé no murió “arrastrao”, sino de un disparo en la cabeza. Arrastrarlo sí que lo arrastraron, después. Y mucho más que arrastrarlo. Pero empecemos por el principio.

Juan Vicente Fernández, alias El Chipé, no era cartagenero, ni falta que hacía, pero está ligado por siempre a la historia de Cartagena y por eso se recoge en esta sección del blog: Cartageneros y Cartagenericos.

Nació en Alhama de Murcia en 1903, era gitano, de constitución física débil, era el cuarto de cinco hermanos y en 1918 ya vivía, con el resto de su familia en Cartagena, en la Plaza de los Carros, hoy Plaza Alcolea. Su padre se dedicaba al esquilado y trata de ganado. Al parecer, el padre, José Vicente, se tenía a sí mismo en buena estima como esquilador, ya que cada vez que pelaba algún animal solía decir que le había quedado “chipé”, una derivación de chipén, que en caló significa estupendo, magnífico, bien hecho. El apodo o mote que tuvo el padre se hizo extensivo a toda la familia, como era habitual en aquella época, y todos fueron los chipés.

Juan el Chipé, además de dedicarse al ganado como el resto de la saga familiar, también era proxeneta en el barrio de El Molinete y matón al servicio de la gente poderosa de la ciudad. Ya tenía algunas muertes y palizas a sus espaldas cuando se produjeron los acontecimientos que culminaron con su asesinato, el 19 de Julio de 1936.

El Chipé, matón y proxeneta de Cartagena
El Chipé, matón y proxeneta de Cartagena

En febrero de aquel año el Frente Popular ganó las elecciones y El Chipé estuvo muy activo durante la campaña electoral, amenazando y propinando palizas a los simpatizantes de izquierda. En julio la derecha respondió con el golpe de estado que desembocó en la guerra civil.

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Cartagenero Juan Fernández, descubridor

Juan Fernández nació en Cartagena en una fecha exacta que se desconoce pero que oscila entre 1528 y 1530. Sí se sabe que murió en 1599 en Santiago de Chile.

Era marino, piloto concretamente, y navegó por aguas de Perú y Chile durante mucho tiempo, haciendo la ruta de El Callao a Valparaíso, ruta que se hacía costeando y tardaba aproximadamente seis meses en realizarse, debido a que tenían que navegar contra la corriente de Humboldt.

Después de varios años de hacer este recorrido, Juan Fernández pensó en buscar una alternativa, adentrándose en el Pacífico y navegando más lejos de la costa, donde la corriente era menos fuerte o inexistente. Consiguió rebajar la duración del viaje de 6 meses… ¡a 30 días!

Pero, además de descubrir esta mejor ruta, de paso descubrió dos islas que son las que le han hecho famoso, forman el Archipiélago de Juan Fernández (o Islas de Juan Fernández). Quizás porque llevaba prisa en sus tareas marineras o porque los cartageneros somos un poco dejaos a veces para nuestras cosas, no se calentó mucho la cabeza a la hora de bautizarlas, las llamó: Isla de Más Afuera e Isla de Más a Tierra. Llevaba prisa, pero lógica no le faltaba a mi paisano.

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Juan Fernández, cartagenero y descubridor

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Roque Barcia, un chaquetero en el Cantón de Cartagena

Barcia no era cartagenero, sino andaluz, nacido en Sevilla en 1823, pero su historia está muy ligada a Cartagena por el episodio del Cantón.

Fue filósofo, periodista, lexicógrafo y político. Muy apasionado y extremista en sus ideas y en la forma de exponerlas. Combatió la monarquía, la propiedad y el catolicismo, aunque sin llegar a proclamarse ateo. Esas trifulcas con la iglesia, que le causaron hasta 60 excomuniones (que ya son excomuniones, yo creía que con una era suficiente, pero parece que no) y con otras instituciones le valieron el que fueran censurados y prohibidos muchos de sus libros o folletos. Además de libros políticos también escribió diccionarios y libros de sinónimos, como lexicógrafo y gramático que era.

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Pinares, conductor de La Pepa de Cartagena

Poco se sabe, o al menos poco sé yo y poco he podido encontrar de “Pinares”, un cartagenero, natural o residente, de antes… de “muy antes”.

Le llamaban “Pinares” porque trabajaba para el Hospital de Los Pinos, o Santo Hospital de Caridad, institución benéfica creada en 1693 por el soldado de galeras Francisco García Roldán.

Aquella institución llegó a tener en su momento su propio coche fúnebre, al que los cartageneros llamaban “La Pepa”, y ese coche tenía su propio conductor, nuestro protagonista de hoy “Pinares”.

"Pinares" y "La Lola".
“Pinares” y “La Lola”.

Quizá fue uno o quizá fueron varios y todos ellos mantuvieron el apodo por la institución a la que servían. Dicen que tenía aspecto tétrico y lúgubre, pero claro, con esa profesión, puede que el aspecto se lo atribuyeran más que otra cosa. Todo queda en quizá, quizá, quizá…