Fray Jorge de Burgos va ganando

Hace unos años escribí en mi anterior blog una entrada sobre los ofendidos que no es que abundaban, sino inundaban, España. (Yo, como no soy de la neoizquierda hispanófoba, todavía digo España y no “este país”). Por cierto, la expresión utilizada anteriormente, la leí por primera vez en el libro de la “Dedicatorias” de José Luis Coll, y se me quedó grabada. Decía “Al gilipollas, que no es que abunde, es que inunda“.

A aquella entrada, la llamé Ofendiditos, término que ahora empiezo a ver y oír en los medios con cierta frecuencia. Mira que si fui yo el que creó tendencia con la palabreja y no lo sé… En fin, me importa un huevo -de gallina, claro, no se me ofendan, aunque, bueno, si se ofenden, me importa otro-, sigamos.

Pues eso, que los ofendiditos, que son casi equivalentes a los gilipollas, nos están inundando, nos van a ahogar en ese inmenso tsunami de hipocresía, fanatismo, ignorancia, falacia, mentira, impostura, felonía, fariseísmo y un etecétera no muy largo ya, porque se me van agotando los sinónimos, que profesan.

Fray Jorge de Burgos

Y todos esos epítetos que les dedico no son tan malos como el que me falta, aunque no lo parezca: faltos de sentido del humor. Cuando yo era niño, y de eso hace mucho tiempo, un viejo (cosa que hoy estará mal visto decir y debería sustituirlo por “señor mayor, de la tercera o avanzada edad, etc.”, pero no me da la gana, me dijo: “No te fíes nunca, nunca, de quien no tenga sentido del humor”. Yo era un criajo y no entendí muy bien el alcance de aquello, aunque se me quedó grabado. Hoy sé que aquel viejo era, además, un sabio.

La gente sin sentido del humor me da mucho miedo. De cualquier facción fanática e intransigente de la ideología que sea, religiosa, deportiva, social o política, católica, calvinista, nacionalista, islámica, nazi…

Por cercanía cultural, ya que pertenezco a la sociedad judeocristiana, me acuerdo ahora de Fray Jorge de Burgos el monje (español, vaya por Dios -y sí, Dios con mayúscula, se ofenda quien se ofenda) de “El nombre de la rosa“, el libro de Umberto Eco, y el palimpsesto de igual nombre de Jean Jacques Annaud. Que sea mi libro favorito de los miles que tengo también ayuda a que me acuerde de él. El bueno -es un decir- de Fray Jorge de Burgos no entendía la risa, la condenaba y la perseguía, era la representación del fanático ofendido de hoy, al que molesta cualquier chiste, expresión jocosa, sátira, ironía que atente, según él, contra las creencias de su ideología, y pronto hace uso de las armas de destrucción masiva llamadas honor, tradición, dignidad, herencia, acervo, pasado…

Desde que escribí aquellos Ofendiditos, hasta hoy, la cosa ha ido a peor, muy a peor. Hay demandas, críticas, imputaciones, trifulcas, insultos, por cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa.

Los ofendidos son legión y hay multitud de familias y subdivisiones, tienen orígenes diferentes, intenciones supongo que también distintas, pero todos tienen algo en común: su absoluta falta de sentido del humor, de su incapacidad de reírse sanamente incluso de sí mismos. Como Fray Jorge de Burgos, que va ganando por goleada a medida que avanza el partido que se juega entre la capacidad de reír, propia del ser humano, y lo contrario. Esas personas, en eso, son todas igualas.

Esta expresión un poco chusca viene a cuento porque me acuerdo del artículo que escribió Javier Marías titulado “Todas las farsantas son igualas”. No he encontrado el original, supongo que fue en El País, pero sí que he encontrado una reproducción en una web de Méjico y cuyo enlace copio aquí a continuación, aunque en esta, por error involuntario o cambio deliberado por la razón que fuere, han escrito iguales y no igualas, como era en el original, que me acuerdo muy bien yo. A mi edad me fallan ya muchas cosas, pero la memoria no.

Lo dicho: Todas la farsantas son igualas, de Javier Marías. Tiemblen después de haber reído, como decía una antigua publicación.

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