La muerte y el paraíso

Hace ahora 20 años que la muerte visitó mi casa una vez más. En aquella ocasión, en 1995, fue para llevarse a mi padre, tras una durísima agonía.

En aquellos días eternos, tristes, salados y amargos, mis hijos también defendían a su abuelo de la forma que sabían. La herramienta de mi hijo Jose, el mayor, era el dibujo. Hoy es dibujante en la revista El Jueves. Entonces, con trazos todavía ingenuos y en formación, lo que hacía era dibujar a su abuelo vivo, muy vivo, rodeado de aquellas cosas que le daban la vida precisamente: su perro Quirón, su gato Atila, sus caverneras… y su eterna bicicleta, aquella que limpiaba y mantenía en perfecto orden de revista aunque ya no la usaba hacía años porque su salud no se lo permitía.

El abuelo Paco
El abuelo Paco

No sirvió de nada aquel dibujo y la señora de negro se lo llevó.

No, no es cierto, sí que sirvió. Nadie muerte realmente mientras alguien lo recuerde, y aquel dibujo ayudó a mantener vivo su recuerdo. Hoy, por ejemplo, al encontrarme el dibujo y motivarme a escribir estas líneas en el blog hacen que reviva otra vez con fuerza.

Ella, Sarah, la pequeña, no iba por los caminos del dibujo, lo suyo eran las letras. Hoy es licenciada y profesora, además de otras muchas cosas a las que la obliga la precariedad nuestra de cada día.

Escribió su despedida anticipada el 17 de Marzo y menos de dos meses más tarde, el 3 de Mayo, el abuelo Paco se fue.

El homenaje a su abuelo, aún vivo, pero del que ya se adivinaba el final, está cargado de decepción y pesimismo, así como de reproche a un dios con el que, me temo, aún no ha llegado a reconciliarse. Espero que algún día lo haga.

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