Los milagros que tú hagas…

Hay una frase hecha que circula por toda España que dice “los milagros que tú hagas, que me los claven a mí aquí” con el significado de que no se espera nada bueno o meritorio de alguien.

A veces, incluso, se dice en versión reducida, limitándose a “los milagros que tú hagas…” y se dejan esos puntos suspensivos (suspensorios decía el gran Cantinflas) en el aire, que bastarán al buen entendedor, por ser expresión muy conocida. También se utiliza la otra parte: “que me los claven a mí aquí” para referirse no ya a milagros expresamente, sino a cualquier logro del que se tengan serias dudas. Las carreras que gane ya Fernando Alonso, que me las claven a mí aquí, por poner un ejemplo y sin ánimo de malmeter.

Pero volviendo al principio, esa frase en realidad es larga, muy larga, porque no es una frase, es un trovo (lo que hoy llamarían un rap), y tiene su historia. No sé si el origen de la frase está en Cartagena o no, pero sólo la he conocido aquí y no la he encontrado –completa- en ninguna otra parte, por lo que, mientras no se demuestre lo contrario, y barriendo siempre para mi casa, la cuento como si hubiese ocurrido en este bendito rincón, que además es tierra madre de troveros, por lo que no sería raro que fuese su origen.

Los milagros que tú hagas...
Los milagros que tú hagas…

Ocurrió que un paisano, el tío Paco, plantó en su huertecico, con toda la ilusión del mundo, un ciruelo, con la lógica y sana intención de disfrutar al cabo del tiempo de jugosas ciruelas. Pese a que lo regó y cuidó con esmero, el árbol fue creciendo y creciendo pero ciruelas… ni una. Tuvo paciencia el hombre y mantuvo la esperanza de tener cosecha durante diez años, pero no vio fruto alguno. Finalmente, harto del ciruelo, lo taló y lo arrojó a la leñera.

Paralelamente a aquello, el pueblo estaba sufriendo una voraz sequía, algo también muy habitual por aquí. Buscando soluciones, unas beatas propusieron al cura sacar al santo patrón del pueblo (San Sebastián) en procesión para hacer unas rogativas y que lloviese. El cura lo vio de maravilla, pero había un problema, y el problema es que no había imagen. Durante la guerra, los rojos habían destrozado la estatua y no se había repuesto todavía. La solución era hacer otra, claro. Como el presupuesto era escaso, una idea era encargársela al carpintero, que era muy mañoso, a lo cual accedió el hombre por unas pocas perras.

Solamente faltaba la materia prima y alguien recordó el ciruelo del tío Paco. Fueron en comitiva a pedírselo y no les puso objeciones, salvo que sólo le quedaba la mitad del árbol: con un trozo del ciruelo había hecho un pesebre nuevo para el burro. Lo que quedaba se lo llevaron al carpintero. El artesano se puso manos a la obra y le quedó una figura, pequeñita, pero bastante aparente. El pueblo ya tenía un nuevo San Sebastián. Pronto se organizó la procesión y, con toda la solemnidad posible, fue recorriendo el pueblo al tiempo que se rezaba pidiendo el milagro de la lluvia salvadora.

Cuando la comitiva pasó por la casa del Tío Paco, este se encontraba sentado en la puerta tomando el fresquico. Paró la procesión para mostrarle lo bien que había quedado la figura y el buen Tío Paco la elogió, sin demasiado entusiasmo, todo hay que decirlo. Pero el cura estaba exultante de felicidad con su nuevo icono e invitó al Tío Paco, que también era trovero, a que le dirigiese unas palabras a aquel hermoso San Sebastián. No estaba por la labor el exdueño del ciruelo, que tampoco se caracterizaba por ser un fervoroso creyente y declinó la invitación. Pero tanto le insistió y le insistió el señor cura que, finalmente, se puso en pie desde su sillica de anea y encarando a la figura que esperaba sobre su rudimentaria peana, llevada por cuatro portapasos (lo que por otras regiones llaman costaleros), le dijo:

¡Quien te conoció ciruelo,

hermoso San Sebastián.

Del pesebre de mi burro

eres primo carnal.

 

Diez años te conocí

y nunca tus frutos vi.

Por eso, los milagros que tú hagas

¡que me los claven a mí aquí!

 

Esa última parte del trovo, naturalmente, fue acompañada del gesto de sujetarse con una mano las partes nobles. Ante aquella salida de tono, la procesión siguió rápidamente su recorrido. No se sabe si funcionó la rogativa y volvieron las lluvias, pero la frase sí que tuvo éxito y todavía circula, aunque sea en su versión reducida.

 

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