¿Jarreará por ser Martes y 13?

A mi mausoleo de palabras fenecidas traigo hoy JARREAR, o sea, llover mucho. Hoy es Martes 13, ese día que dicen los supersticiosos que acarrea mala suerte. ¿Lloverá mucho por ser ese día supuestamente nefasto?

Ojalá jarreara, eso me alegraría mucho. Por una parte, me gusta mucho la lluvia y, por otra, en esta tierra mía, el agua siempre es escasa y, por tanto, siempre es bienvenida.

No sé si llover a cántaros tendrá relación con jarrear (¿cántaro – jarra?). En cualquier caso, me apena que desaparezca.

Otra palabra RIP: “Engorrarse”

Traigo hoy a mi particular camposanto otra palabra que ya no se encuentra en ninguna conversación: ENGORRARSE.

De esta no queda en vigor ninguna de sus dos acepciones: ni quedarse colgado de un gancho ni entrar algo en la carne, como una espina o púa, y que cueste mucho sacarla. Un ejemplo salvaje de engorrarse serían los anzuelos o las banderillas de los toros.

Sin embargo, nos queda el consuelo que dos hijas o nietas, han sobrevivido: engorro y engorroso, como sinónimo de algo complicado y de lo que cuesta desembarazarse.

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Hoy le llevo flores a “Buche”

A medida que van introduciéndose palabras nuevas (a veces de mala manera) en nuestra lengua, otras van desapareciendo.

Me da pena, porque algunas son muy bonitas. De modo que voy a hacer un pequeño cementerio en mi blog, y les iré llevando flores. Así no desaparecerán del todo, mientras que hayamos algunos locos que las recuerden.

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Me alegro como el gobernador de Cartagena

Esta frase, que está en nuestro lenguaje coloquial, aunque se usa cada vez menos, no indica precisamente alegría, sino todo lo contrario. Su origen está en Cartagena, aunque no en la mía, la de España, sino en Cartagena de Indias, en Colombia, cuando era española.

En aquellos tiempos tenían por costumbre dejar los caballos atados a las puertas de las casas, las ventanas, etc. por lo que ocupaban las aceras y los peatones se veían obligados a bajar de las aceras y circular por lugares poco agradables por el agua y la suciedad. Para corregir aquello, el gobernador de Cartagena, del que no conozco el nombre, dictó un bando prohibiendo esta forma de proceder y obligando a dejar los caballos correctamente estabulados.

No sirvió de nada aquella orden porque se desobedeció por los cartageneros, que siguieron dejando sus caballos en las puertas de las casas. Enojado ya el gobernador por la situación, dio órdenes de que los animales que no estuviesen bien ubicados, fuesen sacrificados. Al día siguiente, cuando recibió al alguacil para que le diese información, éste, con cara compungida, le dijo que habían sido cuatro los caballos que habían incumplido la orden y habían sido sacrificados. El gobernador, todo contento, y dando grandes muestras de alegría, empezó a decir: “¡Me alegro, me alegro, me alegro…!”

Cuando se dio cuenta de que el alguacil no parecía compartir su celebración, le preguntó el motivo de estar tan apocado. Entonces, el guardia, un poco nervioso le dijo: “Es que, de los cuatro caballos, dos eran propiedad de usted, excelencia”. Al gobernador le cambió la cara y se quedó totalmente descompuesto, serio, y sin saber qué decir. Finalmente, con un hilo de voz, repitió: “Me alegro, me alegro…”

Me alegro... ¡como el gobernador de Cartagena!
Me alegro… ¡como el gobernador de Cartagena!

Desde entonces, decir “Me alegro como el gobernador de Cartagena” sirve para expresar tristeza o contrariedad ante algo negativo para nosotros.