La mejor forma de sacarse un ojo

Me gusta mucho Joaquín Sabina. Mejor dicho, me gustaba mucho hasta que empezó a estar encantado de haberse conocido y a encontrarse graciosísimo a sí mismo y reírse de todo lo que dice. De la primera etapa me gustaban todas sus canciones, quizás porque las entendía.

Con las, digamos, modernas, confieso que al principio me hice algún que otro esguince mental intentando comprender esas metáforas tan sesudas. La famosa frase esa que dice de algo que es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, si le añadimos una docena de sinónimos más, podría definir el mensaje de algunas canciones de Joaquín Sabina. Al menos para mí.

Y conste que tengo todos sus discos hasta “Nos sobran los motivos”. Y su libro “Con buena letra”, que recoge precisamente sus letras, porque me encanta(ba)n.

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Con buena letra

Pero me estoy desviando de lo que yo quería decir y la culpa es por la canción de Sabina “La del pirata cojo”, con cara de malo y parche en un ojo.

Lo del parche, de eso quería yo hablar. En primer lugar, aclarar a quien le interese que no había tantos piratas tuertos como se cree, porque el parche que llevaban tantos no era porque les faltase un ojo, aunque a algunos sí. El motivo era técnico. Después de estar peleando a plena luz sobre la cubierta del barco asaltado, entraban en los sollados y sentinas, donde estaban a oscuras, y allí eran presa fácil de los enemigos porque quedaban momentáneamente “ciegos” hasta que sus pupilas se acostumbraban de nuevo a la oscuridad, lo que les llevaba un tiempo, como a usted y a mí.

En cambio, cuando entraban, se destapaban el ojo que llevaban ya acostumbrado a la oscuridad y seguían peleando como fieras. Eran brutos, pero no tontos. Y es que, aunque esté mal que yo lo diga, soy todo un experto en piratas.

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Con cara de malo y parche en un ojo…

Sin embargo, ha habido personajes que sí que han llevado parche en un ojo porque les faltaba el mismo y las razones de esa pérdida de visión que se conocen han sido variadas.

Por ejemplo, de la Princesa de Éboli, unos dicen que lo perdió practicando esgrima y otros que en realidad era que tenía un estrabismo que la afeaba y prefería llevarlo tapado.

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Ana de Mendoza de la Cerda, princesa de Éboli para los amigos. 

Otro ejemplo es Aníbal, unos dicen que lo perdió en una batalla y otros que por una enfermedad.

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Aníbal Barca. Antes de perder el ojo, claro.

Millán Astray, fundador de la legión, el del famoso grito ”¡Viva la muerte!”, que murió del corazón, como todo el mundo cuando se le para.

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Millán Astray

Lo mismo que le pasó a otro famoso tuerto: Moshe Dayan.

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Moshe Dayan

Entre los actores y directores de cine parece que es muy común perder un ojo, como por ejemplo John FordRaoul WalshFritz Lang o Nicholas Ray. Las razones son de lo más variopintas, que si fue herido en la batalla de Midway, que si se le cruzó una liebre y se cayó, o que si tuvo una embolia.

 

Sí señor. ¿Quién no ha sentido alguna vez la irresistible tentación de sacarse un ojo y ser el centro de atención de todas las reuniones y conversaciones? ¿Y el glamour que da ponerse un parche como Daryl Hannah en Kill Bill o llevar un ojo de cristal como Peter Falk, el inefable Colombo?

Reconozcámoslo, a todos nos encantaría eso. El problema llega a la hora de decidir la forma de hacerlo, la herramienta… ¿Unos alicates? Brrrr, va a ser que no. ¿Ácido? Si cuesta acertar con los colirios, no digamos con el salfumán ¿a quién no le temblaría el pulso?

No, lo dicho, lo mejor es veranear en La Manga. Las vistas son preciosas, hay 40 kms de playas de arena y dos mares, a elegir. Por la mañana, a coger bronce con protección 500 mínimo y, por las tardes, a pasear por la Gran Vía, tomando el fresquito que trae la brisa marina.

En esa larguísima Gran Vía hay estratégicamente colocadas decenas de palmeras con las hojas y sus correspondientes espinas, agujas finas y puntiagudas, a la altura de la cara. Me imagino que serán como el florete que se supone que dejó tuerta a la princesa de Éboli. Esas agujas, tan astutamente pensadas, están allí, cubriendo el espacio por donde circulan los peatones ansiosos de ser desojados.

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Palmeritas y no de hojaldre

En alguna ocasión he visto alguna palmera que tiene todas las hojas recogidas y atadas con alguna cuerda, con lo que se hace más difícil la tarea extractiva. Debe ser cosa de algún desaprensivo que anda por ahí tratando de impedir tan loable labor palmeril. Por suerte, debe haber alguien encargado del mantenimiento porque, al poco, las agujas suelen estar otra vez bien pujantes y al alcance de cualquier córnea.

Menos mal que para este servicio no hay recortes.

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